octubre 05, 2013

UN 5 DE OCTUBRE EN CHILE




Con aún la duda inundando el teclado, no decido si hoy es deber escribir sobre los 39 años del asesinato en combate a Miguel Enríquez, o de los 25 años del triunfo del NO en el plebiscito de 1988.

Ambos momentos merecen no sólo de líneas, sino que por sobretodo de memoria y reflexión política para nuestras proyecciones en el presente. Una buena opción al parecer, es partir tal vez aprovechando esa coincidencia de fechas. Y es que pareciera que Miguel sigue tocando la puerta de la historia para recordar la gesta de hombres y mujeres que con gran decoro, estuvieron dispuestos a entregarlo todo por la construcción de una senda socialista, como también por la recuperación de la democracia. Estos 39 años de la muerte de Miguel nos hacen reafirmar que a la Dictadura no se la sacó sólo, ni gracias a un lápiz y un voto, ni fue una mera gesta pacífica a cara descubierta -como dijera la ex presidenta Bachelet en una de sus cuentas públicas para criticar a los estudiantes y las protestas-, sino que fue resultado y posibilidad, de una lucha ardua emprendida por años, que implicara pérdidas de valiosos hombres y mujeres, acciones clandestinas y proezas que obligaban a dejar el miedo a un lado.  

Estos 25 años, que muchos celebran borrando tanto el origen de dicha posibilidad como sus consecuencias, necesitan ser analizados desde un prisma en donde el pueblo vuelva a ser el protagonistas. Para ello, son por lo menos tres cosas claves a destacar y este 5 de octubre nunca olvidar.

La gesta de un pueblo que vence el miedo

El 11 de mayo 1983 fueron miles quienes rompieron el miedo y se colmaron en las calles a exigir el fin de la dictadura. Tocar la cacerola desde las ventanas ya era un acto de rebeldía que merecía su respeto y justo temor y resguardo. Movilizaciones, barricadas, propaganda y apagones ya eran acciones más osadas que miles estuvieron dispuestos a emprender. Con el impulso y articulación de organizaciones sindicales, junto a la fuerza y disposición de los pobladores, el inicio de las jornadas de Protesta Nacional marcó la posibilidad real de dar término con la dictadura.

Para llegar al plebiscito, hubo que pasar por más de 15 años de represión y de resistencia, con miles de luchadores muertos, desaparecidos, torturados y presos.  Por ello, no hay mito más irrespetuoso con los esfuerzos de todo un pueblo, que el construido por los partidos de la Concertación quienes explican el plebiscito y triunfo del No, como una gesta que en nada la articula con las acciones de trincheras, cuando en realidad sin el riesgo vital asumido por millones de chilenos y chilenas, y  la lucha en todos los frentes de batalla, nada de ello hubiera sido posible.  

La gesta por vencer el miedo no empezó en el acto de ir a votar, sino que mucho antes, en los actos de organización y resistencia que por millones florecían en todos los rincones del país. Fue el pueblo, su fuerza, lo que permitió el debilitamiento de la dictadura,  y que se pudieran desplegar diversas acciones políticas que permitieron el término de ésta. En esta historia -aunque muchos lo silencien- el motor fue el pueblo, pese a que al final se le robara su protagonismo.    

El aire de los tiempos, la pauta del dictador

La situación política tras el año decisivo de 1986 llevó casi irremediablemente a que la definición de terminar con la dictadura sobre los márgenes entregados por la propia Constitución de 1980 fuera la hegemónica.

El Partido Comunista, atravesando por importantes complicaciones en su política de Rebelión Popular tras el descubrimiento de internación de armamento y el fracaso en el intento de  ajusticiamiento a Pinochet , abriendo con ello el paso a los que nunca estuvieron convencidos de dicha política, y sumada a las tensiones y divisiones internas con sectores del Frente Patriótico Manuel Rodríguez los dejaba con bajas posibilidades de incidir en los acontecimientos futuros. Las otras fuerzas de izquierda, mucho más disminuidas y fuertemente golpeadas por la dictadura, empezaban una diáspora marcada también por la incapacidad de incidir en la realidad nacional.

El Partido Socialista con su renovación ideológica –abandono del marxismo y del horizonte socialistas- más sus profundas divisiones y escisiones, también lo dejaba en clara desventaja ante una Democracia Cristiana que se posicionaba como la que guiaría  el proceso los siguientes años.

Estados Unidos por su parte, con una clara decisión de apoyar la resolución de la dictadura vía plebiscito, fue uno de los principales aliados de este plan de concertación nacional. Esto, sumado a la pauta establecida en la misma constitución de 1980 en sus artículos transitorios para la elección presidencial, presentó un escenario donde el plebiscito terminó siendo -por a fuerza, las traiciones y debilidades- la única salida con capacidad de ser aplicada, pese a que Pinochet así no lo quisiera. 

Los sectores en lucha que observaron desde el palco los acuerdos y negociaciones, prepararon acciones frente a la posibilidad que el Dictador no respetara los resultados. Pero tras tensas horas, esa noche de octubre de 1988 terminó inundada de festejos en todos los lugares del país. Se le decía NO a Pinochet y empezaba el despliegue del plan para llegar a las elecciones de 1989.

Sin embargo, si fueron más de diez años en que luchas populares concentraron las principales posibilidades y condiciones para dar término a la dictadura, tras el 5 de octubre de 1988 a la Concertación le tomó menos de un año coronar el pacto, las concesiones, y en definitiva, la traición al pueblo que se había desplegado en aquella histórica votación. Por ello una cosa fue el acto plebiscitario en sí, en el cual millones confiaron, y otra, las miles de negociaciones secretas que sellaron la Concertación con la Dictadura.



A 24 años del triunfo del SI

El 30 de julio de 1989 se realizó el último plebiscito en Dictadura que llamaba a aprobar o rechazar un conjunto de reformas constitucionales. En dichas elecciones ganó el Si con una amplísima mayoría, obteniendo un 85,7% de las preferencias.

Tras intensas negociaciones, quienes hace menos de un año habían estado en una dura contienda en veredas distintas, llamaban hoy a todas sus fuerzas a votar por la misma preferencia. Era parte del pacto, con el cual se sellaba la renuncia total a los ejes programáticos que en un momento unieron a las fuerzas que convocaban los partidos de la Concertación. Así, una nueva constitución quedaba fuera de las preocupaciones de los siguientes gobiernos,  ya que la aprobación de las reformas traía implícita la legitimación de la carta fundamental de 1980.

Esta votación muestra lo que verdaderamente terminó triunfando tras el NO. Ganó el sí al modelo, permitiendo con eso la entrada de los mejores administradores neoliberales que pudo haber escogido la Dictadura y los Estados Unidos.

La salida del dictador, como cortina de humo, nubló el escenario, y ello permitió hacer los pactos más nefastos con la Dictadura para así asegurar y perpetuar su legado. 

***


Tres actos de una misma obra. El rol heroico del pueblo y su resistencia a la dictadura; la orquesta norteamericana que se consagra; y el pacto que sella la perpetuación de un modelo neoliberal instalado a sangre y fuego, son realidades que tras 25 años del plebiscito no podemos olvidar.

Nos han dicho que lo sucedido estos años de democracia –la constante usurpación de nuestros derechos sociales y soberanía- se ha debido a la falta de fuerza, a la falta de quórum, y/o a las amenazas de la derecha.  Pero no hay nada menos creíble que dicha afirmación cuando viene de fuerzas que desde sus orígenes han debido cumplir un mandato pactado, y que luego nunca confiaron en la fuerza del propio pueblo que les permitió llegar a los sitiales  desde los cuales  han gozado de infinitos beneficios y privilegios. No confiaron, sino al contrario, combatieron a la fuerza popular, única capaz de ser motor de cambio.

No importa. Hoy el pueblo poco a poco vuelve a ser eso y mucho más. Pues hoy es tiempo, tras tantos años, de ser más que motor. Ser también protagonistas.



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